La Colección Guadalupana en el Centro de Estudios de Historia de México Carso Fundación Carlos Slim

La Virgen de Guadalupe ha sido por más de 480 años vínculo e identidad de un país que ha depositado su fe en ella. Aquel lejano año de 1531, cuando la Madre de Dios se reveló a Juan Diego, se convirtió en un hecho venerado y estudiado en México y alrededor en el mundo. Los pocos testimonios directos y la complejidad del hecho en sí, sugieren los mayores esfuerzos por explicar un acontecimiento en donde prevalece el arraigo y la fe; es por ello que resulta indispensable conocer cómo la escritura ha contribuido a sostener la tradición oral de un elemento fundamental de México.

Libros y documentos han abordado el milagro mariano y sus resultados no en pocas ocasiones, pues la producción ha sido amplia. El Centro de Estudios de Historia de México Carso Fundación Carlos Slim cuenta con más de 20 obras y 250 documentos relacionados con la Virgen de Guadalupe, que se trata de las fuentes más consultadas para conocer el milagro guadalupano y los efectos que resultaron. La Colección Guadalupana del CEHM se ha integrado por obras que abordan el prodigio desde distintas perspectivas, y que tuvo como consecuencia una serie de fuentes que permiten tener al alcance los argumentos que han sustentado el hecho cultural y religioso de mayor trascendencia en México. Aquí algunas obras significativas de la colección.

El testimonio de la aparición guadalupana se busca para fundamentar un hecho que si no se califica de milagroso resulta imposible de creer, y es por esa razón que los textos que avalan el suceso se tornan imprescindibles. En el año de 1649, 118 años después de la aparición de la Virgen a Juan Diego, se ubica el Nican Mopohua,[1] relato náhuatl de las apariciones marianas en la advocación de Guadalupe, que al castellano se traduce como Aquí se cuenta aquí se narra. Texto de expresiones poéticas resulta el relato de Antonio Valeriano, indígena que destacó por su pronta adaptación al modo español y el reconocimiento que Bernardino de Sahagún y Juan de Torquemada le concedieron. Luis Lasso de la Vega, quien editó el texto, dijo que Antonio Valeriano escuchó los testimonios plasmados del propio Juan Diego, lo que significaría la fuente más directa con la que se cuenta para fundamentar la aparición. Solo dos ejemplares de esta obra se tienen ubicados: uno en la Biblioteca Pública de Nueva York y otra en el CEHM Carso. Nican Mopohua es palabra florida del pueblo, de la raíz mexicana que contiene una fuerte conexión cósmica con la génesis popular.

Años después, en 1688, Estrella del norte de México[2] del jesuita Francisco de Florencia, sugirió que no se requiere de mayor prueba de las apariciones que la imagen plasmada en el ayate de Juan Diego, ya que ningún texto podrá equiparar el valor de tal prueba y dar la certeza necesaria a las autoridades eclesiásticas para avalar el milagro. Estrella del norte de México describe la revelación, la reacción de Roma ante lo acaecido y la credibilidad en el suceso. Compara el milagro de la aparición con el pasaje del Antiguo Testamento de la vara de Aarón, aquella que floreció de la esterilidad en una sola noche y simbolizó la elección de Dios por él para investirlo como sacerdote; así el autor menciona que las flores en las manos de fray Juan de Zumárraga representan la elección que Dios hizo en él para convertirse en el primer Obispo de Nueva España. La obra del padre Florencia incluye testimonios de milagros recibidos por la Virgen, así como una breve historia de Juan Diego.

Resulta interesante observar que a través de los años se ha polemizado el suceso de la aparición, y cómo algunos personajes destacados descalificaron por completo la veracidad del milagro. En 1795 el Arzobispo de México Alonso Núñez de Haro y Peralta respondió una de las desestimaciones más fuertes que se han hecho del milagro guadalupano, y el descrédito vino nada menos que del célebre fray Servando Teresa de Mier, hombre fundamental para la independencia de México. El Arzobispo declaró que el 12 de diciembre de 1794, Teresa de Mier pronunció un sermón en la Provincia de Santiago en el que aseguró que la Virgen María se plasmó en la capa de Santo Tomás Apóstol cuando aún gozaba de la vida terrenal. Junto a esta aseveración hizo otras tantas igualmente escandalosas, como aquellas en las que afirmó que el mismo apóstol dejó ocultas las imágenes del Cristo de Chalma y de Nuestra Señora de los Remedios. Se cuestionó a Fray Servando de dónde había sacado tan impías ideas, a lo que respondió que de su propio juicio y de la obra del licenciado Ignacio Borunda, que se tituló Clave general de jeroglíficos de América. Fue así que en esta requisitoria[3], el Arzobispo Núñez de Haro descalificó los dichos de Fray Servando y se observó uno de los desafíos más atrevidos al milagro guadalupano.

Las negaciones del prodigio favorecieron la redacción de textos como la Apología de la aparición de nuestra señora de Guadalupe[4] de José Miguel Guridi y Alcocer en el año de 1820, en el que defiende el milagro apostando a la fe pública que su experiencia y trabajo político por Nueva España le otorgaron en la opinión popular; utilizó argumentos de Luis Becerra Tanco, Francisco de Florencia, entre otros, y se sirvió de ellos para desestimar el sospechosismo con el que Juan Bautista Muñoz trató de impregnar el milagro. Ciertamente, Guridi y Alcocer no fue el único en contrarrestar las polémicas aseveraciones del ilustrado Bautista Muñoz, pues Mariano Fernández de Echeverría y Veitia en su obra Baluartes de México Descripción histórica de las cuatro milagrosas imágenes de Nuestra Señora[5] procura dar argumentos suficientes para comprobar el milagro guadalupano. Cabe decir que la obra de Guridi y Alcocer contradice algunos puntos escritos por Echeverría y Veitia, pero no niega las apariciones. La obra de Echeverría y Veitia también se refiere a cuatro advocaciones marianas que se veneran en Ciudad de México, estas son: la de Guadalupe, la de los Remedios, la de la Piedad y la de la Bala. El tema de las advocaciones marianas fue objeto de estudio, pues los testimonios de apariciones de distintas vírgenes en México permitieron establecer semejanzas y diferencias en todas ellas, teniendo como constante el sentido divino y benefactor.

En la obra póstuma del padre Francisco de Florencia titulada Zodiaco Mariano[6] del año 1755 (misma que cuenta con adiciones del padre Antonio de Oviedo, quien fuera prefecto del Colegio Máximo de San Pedro y San Pablo) hallamos los milagros de las vírgenes de Izamal, de Los Remedios, de Loreto, de Las Angustias, de Las Lágrimas, de Tepepan, del Refugio, por mencionar algunas. Sin embargo, todas con la virtud de ser la Madre de Dios que se presenta en formas misteriosas y significativas, pero que resultan así por el modo en que son invocadas y por tanto, concebidas. En el Zodiaco Mariano podemos encontrar las imágenes marianas que propiciaron la creación de órdenes, cofradías, congregaciones y terceras órdenes de la época virreinal y que hasta hoy nos llega su legado. Y es que la Virgen de Guadalupe no sólo es la polémica de sus apariciones y los esfuerzos por darle veracidad, es la fe e identidad de toda una nación.

La evangelización indígena se debe en buena medida al milagro guadalupano, y esto se consiguió con la obra y textos de religiosos como Miguel Sánchez, autor de Imagen de la virgen María, madre de Dios Guadalupe[7] del año de 1648. Este es considerado el texto precursor de la evangelización guadalupana, pues es el primero en dar datos que se han tomado como precisos y ubica las apariciones marianas entre los días 9 y 13 de diciembre de 1531. Además, el teólogo Miguel Sánchez establece una comparación entre la Virgen de Guadalupe y la mujer vestida de sol, y el niño en el libro de las Revelaciones. Al igual que a la virgen de Guadalupe, esta apocalíptica mujer descrita por San Juan tiene una media luna bajo sus pies, eclipsa al sol y está embarazada del niño que el “Dragón de siete cabezas” quiere combatir, una serie de semejanzas que desde diferentes perspectivas parecen apuntar a la misma conclusión y aceptar la coincidencia que Miguel Sánchez estableció.

Igualmente se ha estudiado a la imagen y los simbolismos que contiene, como se hace en Eclypse del divino sol,[8] sermón pronunciado por fray Manuel Ignacio Farías en el santuario de Guadalupe Extramuros en Valladolid (Michoacán) el 12 de diciembre de 1741. En el discurso, el agustino Manuel Ignacio Farías estableció la analogía entre la Virgen de Guadalupe y la luna, diciendo que ella eclipsó al divino sol al nacer, es decir, a su hijo Jesús; expresa esta idea para explicar que la Virgen de Guadalupe eclipsa las calamidades divinas que pueden azotar a los pueblos, como el peligro en el que se vio Valladolid de ser contaminada por una contagiosa peste, de la que gracias a la Guadalupana y su intercesión se vieron librados. Es importante la analogía hecha, pues desde tiempos precolombinos y en la antigüedad occidental, el sol y la luna representan la dualidad en muchos sentidos, y específicamente en la cosmogonía indígena tiene mucho significado. Es por ello que esta obra va más allá del propósito evangelizador de la aparición guadalupana, y le concede una esencia más profunda que comulga con muchas de las ideas creacionistas de ambos mundos.

Maria Santíssima pintándose milagrosamente en su bellisima imagen de Guadalupe de México[9] de José Eguiara y Eguren en el año de 1757, cuestiona respetuosamente a la Virgen María sobre si abandonó Nazaret para dirigirse a México, posarse en el Tepeyac para pintarse a sí misma en el ayate de Juan Diego y convertirse en la Patrona de Nueva España.  Eguiara y Eguren entiende esta revelación divina como el acto más amoroso que la Virgen pudo tener con el pueblo del Nuevo Mundo, y es aún más que lo haya hecho a través de una imagen colorida que permite llevar su mensaje a los más vulnerables, que son los indios. En este texto el autor pondera más el objeto evangelizador de la imagen divina que el de los simbolismos atribuidos.

Nicolasa Martínez de Mesta, 1656

Estos son algunos ejemplos de la bibliografía guadalupana resguardada por el CEHM, y como se mencionó al principio, la colección también está integrada por documentos. Específicamente por los del fondo 757 (DCCLVII) titulado Fondo Guadalupano. En él podemos encontrar documentos muy peculiares como sonetos e indulgencias y aquél de Nicolasa Martínez de Mesta del año 1656, en el que donó una imagen de la Virgen de Guadalupe a la Capilla del Colegio Mayor de Santa María de Todos Santos, para que, en caso de alguna enfermedad en el recinto, se sacara a procesión para contrarrestar los males. Este documento es relevante porque fue redactado en un momento en que el guadalupanismo se materializaba y la fe en la virgen iba en ascenso.

Otros temas fundamentales en este fondo son las Indulgencias concedidas por Paulo V a la cofradía del Santísimo Sacramento y los sonetos en los que se invitaba a venerar la imagen de la virgen con motivo de los favores recibidos. En las indulgencias se señalaba que quienes colocaran imágenes de la virgen en puertas y ventanas, y además rezaran, alcanzarían 500 días de indulgencias, razón de que en cada hogar mexicano se conservará una imagen y se llevara en la oración. Estas acciones, quizá sin buscar la indulgencia como tal, siguen en práctica en el país. Los sonetos son testimonio de amor y respeto a la Guadalupana.

La Colección Guadalupana del CEHM es una de las más importantes del país, misma que está al alcance de todos en línea o en consulta física. Leer y releer, descubrir y redescubrir estos textos es lo que mantiene vivo el prodigio de la Virgen de Guadalupe, en el que reside gran parte de la tradición popular, cultural y religiosa de un pueblo que se asume como guadalupano en primera instancia. Queda la invitación a investigar y estudiar esta colección que dice mucho de la esencia mexicana.

[1] Lasso de la Vega, Luis, Nican Mopohua [Hveitlamahvçoltica amonexiti in ilhvicactlatoca çihvapilli Santa María Totlaçonantizn], México, Imprenta de Juan Ruiz, 1649. Colección CEHM Carso FCS.

[2] Florencia, Franciso de, Estrella del Norte de México, Madrid, Imprenta de Lorenzo san Martín, 1785. Colección CEHM Carso FCS.

[3]Núñez de Haro y Peralta, Alonso, Requisitoria contra el Sermón sobre la aparición de la Virgen de Guadalupe, México, Arzobispado, 1795. Colección CEHM Carso FCS.

[4] Guridi y Alcocer, José Miguel, Apología de Nuestra Señora de Guadalupe de Méjico, México, Imprenta de Alejandro Valdés, 1820. Colección CEHM Carso FCS.

[5] Fernández de Echeverría y Veitia, Mariano, Baluartes de México. Descripción histórica de las cuatro milagrosas imágenes de Nuestra Señora, que se veneran en la muy noble, leal e imperial ciudad de México, Capital de Nueva España, México, Imprenta de Alejandro Valdés, 1820. Colección CEHM Carso FCS.

[6] Florencia, Francisco de, Zodiaco mariano…, México, Imprenta del Colegio de San Ildefonso, 1755. Colección CEHM Carso FCS.

[7] Sánchez, Miguel, Imagen de la Virgen María, madre de Dios de Guadalupe, milagrosamente aparecida en la Ciudad de México, México, Imprenta de la Viuda de Bernardo Calderos. 1648. Colección CEHM FCS.

[8] Farías, Manuel Ignacio, Eclypse del divino sol, causado por la interposición de la inmaculada luna María Sra. Nuestra, México, Empedradillo, 1742. Colección CEHM Carso FCS.

[9] Eguiara y Eguren, Juan José de, Maria Santíssima pintandose milagrosamente en su bellisima imagen de Guadalupe de México, México, imprenta de la Biblioteca Mexicana, 1757. Colección CEHM Carso FCS.

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