Los Carmelitas en México

Los carmelitas llegaron a la Nueva España el 27 de septiembre de 1585, gracias al permiso concedido por la Orden de los descalzos en capítulo tenido en Lisboa en ese año.[1] Acababa de terminar su periodo de gobierno el P. Gracián de la Madre de Dios,[2] en el que también san Juan de la Cruz era consejero.

El nuevo provincial elegido en ese capítulo fue el P. Nicolás Doria, de origen italiano, que no estaba presente en la reunión, por estar fundando en ese momento en Génova, Italia; por esa razón se tuvo que suspender la reunión hasta que él llegara a tomar el cargo y entonces continuaría con el capítulo. Pero la decisión de enviar frailes a México ya había sido aprobada por dicho capítulo provincial. Ciertamente el padre Gracián tenía interés de la fundación en el nuevo mundo, y también Juan de la Cruz, pero ese interés sin duda lo habían heredado de la Madre Teresa de Jesús, muerta tres años atrás, en 1582.

Ella comenta en el libro de la fundaciones, al enterarse de la gran tarea misional que había en el nuevo mundo: Yo quedé tan lastimada de la perdición de tantas almas, que no cabía en mí: fuíme a una ermita con hartas lágrimas; clamaba a nues­tro Señor, suplicándole diese medio cómo yo pudiese algo para ganar algún alma […] pareciéndome que aprecia más un alma que por nuestra industria y oración le ganásemos, mediante su misericordia, que todos los servicios que le pudiésemos hacer![3]

No cabe duda que también el rey Felipe II tenía interés en enviar carmelitas reformados a la Nueva España, como lo estuvo haciendo con las demás órdenes mendicantes, por eso los permisos se consiguieron con celeridad y pudieron pronto embarcarse los 11 primeros frailes que se enviaron a México; otro religioso que completaba la docena se tuvo que quedar en San Lúcar de Barrameda, por enfermedad.

Los 11 primeros carmelitas

Los frailes que se embarcaron en San Lúcar de Barrameda fueron los siguientes: Fr. Juan de la Madre de Dios[4], que venía como comisario en la expedición; Fr. Pedro de san Hilarión;[5] Fr. Pedro de los Apóstoles, Natural de Bonilla;[6] Fr. Ignacio de Jesús, de Toledo;[7] Fr. Francisco Bautista de la Magdalena;[8] estos cinco religiosos eran sacerdotes. Vinieron además los siguientes hermanos coristas: Fr. José de Jesús María, natural de Lisboa;[9] Fr. Juan de Jesús María (Robles), natural de Sevilla[10] y Fr. Hilarión de Jesús, de Prado Longo.[11] Añadimos también a los tres hermanos donados que vinieron en la expedición: Fr. Arsenio de san Ildefonso, nativo de Jaén;[12] Fr. Gabriel de la Madre de Dios, de Baeza, quien volvió a España y allá murió, junto con Fr. Anastasio de la Madre de Dios, también de Baeza y vuelto a España.[13] Venía también el hermano diácono Fr. Cristóbal del Espíritu santo, pero cuando iba a salir la expedición, enfermó en San Lúcar de Barrameda.

La entrada a Ciudad de México

Se presentaron con las autoridades virreinales en Ciudad de México, con el arzobispo y demás personajes incluyendo al virrey, aunque con él habían viajado desde España en la misma flota. También fueron con él a cumplir con las formalidades del caso, una vez que se su hubo instalado en su nuevo cargo. Honrosa fue la devoción del Marqués a nuestros nave­gantes –comenta un autor– pero cuanto tuvo de honra llegó a tener de fatiga; pues por venir tanta gente en el navío y las cámaras de popa con un Virrey y una Virreyna, se hubieron de acomodar nuestros religiosos en un rincón debajo de escotilla.[14]

Llegaron a México entrando por la calzada de Guadalupe, en cuya ermita debieron hacer alto y venerar a la Inmaculada del Tepe­yac, el jueves 17 de Noviembre de 1585.[15]

Otros documentos dicen: El 17 del mes de noviembre, domingo, llegó y entró a México –dicen las Relaciones de Chalco– el Visurrey don Álvaro Manri­que de Zúñiga […]. También traían con ellos unos apreciables reli­giosos de la Orden de Nuestra Señora del Carmen, de pies desnudos, de los que llaman descalzos” [16]

El primer hospedaje que recibieron los carmelitas recién llegados a la capital del virreinato fue en el palacio del marqués del Valle; ahí permanecieron mientras les buscaban lugar de acomodo en la ciudad de México. Esto se logró el 18 de enero de 1586, cuando se trasladaron solemnemente a lo que sería su primera fundación, la ermita de Thumatlán (Atzacualco)[17] cedida por los franciscanos, al noreste de la ciudad y cuyo patrón era san Sebastián. El debido permiso lo había otorgado el arzobispo que regía la iglesia de México, don Pedro Moya de Contreras, además del virrey.

Primer destino en Ciudad de México

Una vez recibida la ermita y cuando comenzaron a prestar el servicio a los indios de habla náhuatl del barrio de Atzacualco, también comenzó a crecer el número de los religiosos. Ese año de su llegada recibieron al primer prospecto para la orden, que llevó el nombre de Fray Diego de la Madre de Dios[18] y luego varios más; este joven había sido discípulo del venerable ermitaño Gregorio López de Ciudad de México, quien vivió en los montes de Santa Fe.

Prosiguen las fundaciones

Al año siguiente de la llegada de los Carmelitas a México, ya les estaban ofreciendo fundación en la Puebla de los Ángeles, al donarles la ermita de nuestra Señora de los Remedios. Leemos en el libro de capítulos provinciales: Fundóse con licencia del Marqués de Villamanrique, Virrey de Nueva España[19], y con licencia del obispo de Tlaxcala, siendo Vicario Provincial el reverendo padre fray Juan de la Madre de Dios.

El 28 de septiembre de 1589, ya estaban fundando en la Villa de Carrión (Atlixco), no lejos de la Puebla; en esta fecha el P. Pedro de san Hilarión, superior de Puebla hizo los trámites necesarios y compró en cuatro mil pesos las casas que se habrían de convertir en convento. El 22 de octubre de ese mismo año se hizo propiamente la inauguración del nuevo convento, con la presencia del mismo padre Pedro, Fray Juan de Jesús María, maestro de novicios, establecido en Puebla; y asistieron también los hermanos Juan Bautista, Elías de san Juan Bautista, Martín de san Ángelo, Ángel de la Natividad y otros más para dar solemnidad a la inauguración.

Hasta 1593 hicieron la cuarta fundación, ahora en el obispado de Michoacán, en la ciudad de Valladolid. El encargado de la nueva fundación fue el P. fray Pedro de los Apóstoles,[20] quien recabó los permisos del virrey don Luis de Velasco y del obispo de Michoacán, don Alonso Guerra.

Después de Valladolid, tocó el turno a Guadalajara, provincia de Xalisco (Nueva Galicia), a donde llegaron los Carmelitas en el mismo año de 1593. Dicha fundación no duró muchos años, pues el visitador Tomás de san Vicente mandó suprimirla en 1608. Años después, en 1652, se volvió a erigir un nuevo convento, suprimido ahora por el visitador Antonio de la Cruz.[21] La siguiente fundación tocó a la Villa de Zalaya en 1598; la región era tierra fértil y productora de granos que ayudaba a abastecer a las necesidades siempre crecientes de Zacatecas y su región, gracias al crecimiento y explotación de las minas.

Enumero las demás fundaciones que tuvo la provincia de san Alberto de los Carmelitas descalzos en el resto de la colonia: Desierto de santa Fe (los Leones),  dedicado a N. Señora del Carmen en 1606. San Ángel, con la advocación de Santa Ana, en 1613. Querétaro, dedicado a santa Teresa en 1614; la fundación la hicieron con motivo de su beatificación. Salvatierra, con la advocación de san Ángelo, 1644. Tacuba, dedicado a san Joaquín, 1689. Toluca, con la advocación de Nuestra señora de la Concepción, en 1698; Oaxaca, dedicado a la santa Cruz, en 1699, fundación con la que se cerró el siglo XVII; Orizaba, nuevamente dedicado a santa Teresa, en 1735. San Luis Potosí, con la advocación de san Elías, en 1738. Tehuacán, S. N. Señora del Carmen, de 1745, y por último, el Desierto de santa Fe se trasladó a Tenancingo, actual estado de México, en 1801, antevísperas del comienzo de la guerra de Independencia.

El objetivo de la venida de los carmelitas a Nueva España

La Reforma Teresiana, al llegar a México en 1585, se encontró una Nueva España que comenzaba, como dice Ricard, una época nueva y le brindaba un campo de acción doble: al norte las misio­nes; en el interior, la elevación espiritual de la sociedad. Nuestros Carmelitas, como veremos, intentaron trabajar en el primero, pero la Providencia los empleó casi exclusivamente en el segundo, es decir, la elevación espiritual de la sociedad.[22] Efectivamente, aunque los carmelitas habían llegado a la Nueva España con la encomienda de pasar al Nuevo México recién descubierto, las circunstancias los obligaron a permanecer en los conventos que iban edificando, sobre todo en las ciudades ya bien establecidas –y añadamos–, ciudades propiamente de españoles.

El problema misional en la Orden

Echemos una mirada retrospectiva para entender mejor lo que solemos llamar el problema misional en la orden del Carmen. Las misiones se presentaron como un problema de manera clara y oficial, en el famoso Capítulo que celebró la familia Teresiana en Almodóvar del Campo el año de 1583. Para estas fechas ya había partido la primera expedición misionera con rumbo al Congo, y se preparaba la segunda en vista de que la anterior había fracasado.[23] En esa reunión por fin se definieron las dos tendencias que había en la orden, el celo por la salvación de las almas, como entonces se decía, tendencia encabezada por el P. Jerónimo Gracián de la Madre de Dios, y la otra tendencia, extrema, de los muy contemplativos y muy eremíticos” que encabezaba el P. Nicolás Doria, y que finalmente fue la que prevaleció en la orden.

El fin para que se fundó esta Orden –escribe Gracián en una declamación de las virtudes de la Madre Teresa–– y el celo con que la Madre la fundó, fue para resistir a los herejes y convertir gentiles e infieles a la fe […] que se ejercitasen en este ministerio, como en su principal vocación. Por­que aunque es verdad que unas religiones tienen por principal in­tento el celo, la predicación y el traer almas a Cristo, como los Dominicos y Jesuitas, y otras el recogimiento, clausura y aspereza de vida, como la Cartuja, esta Religión del Carmen (siguiendo el espíritu doblado de Elías) abraza por principal fin entrambos dos ministerios, celo de almas y quietud de espíritu, predicación y aspereza de vida, amor de Dios y del prójimo, oración y ministerio de almas, e imitando a sus antecesores, como a Elías, Eliseo…, y los demás que (siguiendo vida áspera, espiritual y recogida) ganaron muchas almas para Dios, convirtiendo infieles, gentiles y pecadores y defendieron contra herejes la fe católica.[24]

Habiendo visto este texto del P. Gracián no es para nada extraño que haya dado el permiso, junto con sus consejeros, para pasar a la Nueva España a colaborar en la evangelización, como ya lo habían hecho con las expediciones enviadas al Congo durante su gobierno. Pero cuando continuó el capítulo, ya con la presencia del nuevo provincial electo, el P. Nicolás Doria, las cosas se complicaron; en más de una ocasión llegó a manifestar que si él hubiera estado en esa reunión, nunca hubiera permitido que los carmelitas pasaran al nuevo mundo.

Con la muerte del P. Nicolás Doria, el defensor del eremitismo en la Orden, algunos creyeron que era llegada la hora de la misiones, pero no fue así, pues sus sucesores siguieron defendiendo contra viento y marea esa tendencia que se arraigó en definitiva en la Orden. En vano el P. Gracián, expulsado de la orden apenas murió fray Juan de la Cruz (1591), siguió insistiendo en la necesidad de la conversión hacia las misiones, como lo atestiguan muchos de sus escritos: El celo de la mayor honra y gloria de Dios, propagación de la fe y conversión de las almas –escribe– […] me movió siendo superior de la Congrega­ción de los Carmelitas Descalzos [a enviar misioneros al Congo y] envié doce religiosos a México para que desde allí pudiesen pasar a las nuevas conversiones.[25]

No solo los superiores de España que mandaron frailes al nuevo mundo tenían la idea clara de que venían a evangelizar y misionar, sino también muchos de los primeros enviados; así escribe uno de ellos: todos los primeros padres que vinieron a este Reino (de Nueva España) vinieron con gran celo del bien de las almas, a predicar a las gentes la fe de Jesucristo y morir por él si la ocasión lo pidiese y para este propósito pasar a la China y a otros reinos de que tenían licencia de los Reyes Católicos y están en el archivo de este convento de México.[26]

Parroquia de indios de Atzacualco

Cuando los carmelitas recibieron la parroquia de indios que hemos indicado (de Azacualco), procuraron aprender el náhuatl para poder atenderlos mejor e instruirlos, es decir, fueron poniendo las bases para ser de veras misioneros. Y así lo hicieron a lo largo de unos veinticinco años, pero llegó en 1606 el momento de la elección como provincial del padre Fr. Juan de Jesús María,[27] uno de los 11 que llegaron a México y ese servicio se dejó, alegando que no era tarea de la orden. Fray Juan de Jesús María en esos años había fundado precisamente el Desierto de Santa Fe y como se dijo al principio, se pretendía que ese lugar fuera también para los misioneros, que fueran a ese convento a renovarse después de un tiempo de servicio y volver animados al mismo.

Llega a México el primer provincial

En 1595 fue enviado a la Nueva España en calidad de primer provincial el padre Eliseo de los Mártires, que era prior del convento de Granada. Él había estado con Jerónimo Gracián cuando se hizo la separación de Calzados y Descalzos. Venían acompañándolo entre otros Juan de santa Ana, a quien años antes (1591) había encargado Juan de la Cruz que le consiguiera religiosos que lo acompañaran para el viaje que haría a México en 1591, sólo que la muerte le impidió realizarlo.

Fray Eliseo de los mártires hizo el viaje con don Gaspar de Acevedo y Zúñiga, conde de Monterrey que venía por virrey de Nueva España y sucesor de don Luis de Velasco. El demonio, que adivinaba el mal que por medio de ellos le podía venir, procuró el segundo día de la navegación, recién salidos de Cádiz, estorbar su venida y hizo que se quemase la nao en que venían […]. El padre fray Eliseo y sus once compañeros, viendo el caso miserable, se confesaron brevemente los unos con los otros y acudieron con este sacramento a los que le pedían. Fuéronse echando a la mar por excusar el incendio y algunos apenas se echaron cuando se fueron a pique. Dos o tres se valieron de una tabla que ardía encima del agua y como el alquitrán con ella no se apaga, la que por una parte les preservaba de hundirse les iba por otra abrasando vientre y pechos […]. Mandó el virrey y general de la flota que fuesen algunas lanchas a recoger la gente y aunque ya había perecido mucha no a pocos dieron la mano. Los que de nuestros religiosos se escaparon fueron el padre provincial fray Eliseo, el padre fray Pedro de la Concepción, el padre fray Nicolás de san Alberto, el padre fray Juan de san Pedro a quien la Virgen enseñó a nadar, el padre fray Luis de la Concepción, el padre fray Francisco de san José […]. Repartiéronse todos por diferentes navíos y cada uno se vistió con las pobres alhajas que le dieron. Uno llevaba un jubón de un marino, la capilla de un fraile de san Francisco y de una pobre capa hechos unos faldones; otros sin tanto subsidio iban en varios trajes sin saber éste de aquél hasta llegar a tierra (Tesoro escondido, cap. 9, 2 y ss).

Conclusión. La elevación espiritual del pueblo

Ahora nos preguntamos ¿cómo contribuyeron los carmelitas a la elevación espiritual del pueblo? La segunda posibilidad que quedaba en sus manos, ya que no pudieron realizar la primera, que era ser misioneros en California, Nuevo México o las Filipinas. Según el autor de La conquista espiritual de México, Robert Ricard, en este segundo momento los religiosos como los carmelitas ayudaron a afianzar lo que se había sembrado en la primera evangelización. En ese campo jugaron un buen papel en las poblaciones en donde estuvieron establecidos durante el virreinato (casi tres siglos), tarea finalmente interrumpida en el siglo XIX por las leyes de Reforma.

Bibliografía

Agustín de la Madre de Dios, Tesoro Escondido en el Monte Carmelo Mexicano, México, Introducción, transcripción y notas de Eduardo Báez Macías, Universidad Nacional Autónoma de México, 1986.

Libro I de Capítulos definitorios y fundaciones de esta Provincia de N.P.S. Alberto de nueva España. 1596-1630 No. 5/ 3a. serie Sección. Lira No. 9 A.H.I.N.A.H., México, D. F.

Maccise, Camilo, Apuntes de Historia de la Orden del Carmen, México, (Apéndice sobre la Provincia de México), 1978.

Ricard, Robert, La conquista espiritual de México, México, F.C.E., undécima reimpresión, 2013.

Silverio De santa Teresa, Historia del Carmen Descalzo en España, Portugal y América, 15 volúmenes, Burgos, 1935-1952.

Victoria Moreno, Dionisio, Los Carmelitas Descalzos y La Conquista Espiritual de México, 1585-1612, México, Editorial Porrúa, 1966.

[1] El capítulo provincial se celebró el 10 de mayo de 1585.

[2] Tomó el hábito en la Reforma Teresiana el 25 de marzo de 1572, en el noviciado de Pastrana. Profesó el 25 de abril del año siguiente. Desde sus primeros días de descalzo gozó de la estima de la Madre fundadora. Fue elegido primer provincial de la Descalcez en el Capítulo de Alcalá en 1581. El 21 de sep­tiembre de 1614 murió casi repentinamente en Bruselas, vistiendo el hábito del Carmen Calzado.

[3] Santa Teresa, Libro de las Fundaciones, 1,7.

[4] Natural de Medina Sidonia. Docto, elocuente y muy de Dios. El padre Fray Juan venía al mando de la expedición y una vez establecidos en México, fue confesor del virrey. Murió en Calatayud (España) el 10 de mayo de 1606, porque de España lo mandaron regresar muy pronto a la Península.

[5] Nativo de Valdepeñas. Tomó el hábito en la Peñuela. Fue discípulo de san Juan de la Cruz. Murió en México en 1615.

[6] En tres ocasiones gobernó la Provincia. Murió en México en 1630.

[7] Volvió a España muy pronto y murió en allá.

[8] Nativo de Porto Alegre (Portugal), fue el primero que murió en México.

[9] Primer Procurador General enviado a España por parte de la Provincia de san Alberto. Murió en México en 1629.

[10] Fue Maestro de Novicios durante varios años en Puebla; escritor, fundador del desierto de Santa Fe (de los leones)  y dos veces Provincial. Murió en México.

[11] Primer Vicario del Convento de Morelia. Murió en México en 1630.

[12]Murió en olor de santidad en México en 1636.

[13] Intentó regresar a México pero en el viaje de 1595 murió ahogado en el mar en la expedición que encabezaba Fray Eliseo de los Mártires, primer provincial.

[14] Tesoro escondido, 31,6.

[15] Dionisio Victoria, op., cit., p. 68.

[16] Chimalpahin, Relaciones Originales de Chalco Amaquemecan, Edición de Silvia Rendón, Fondo de Cultura Económica, México, 1965. p. 290. Cit. Dionisio Victoria, p. 68.

[17] Este era uno de los cuatro barrios de la ciudad de México, donde estaban establecidos los indígenas.

[18] Sus padres eran Diego Pérez de Rivera y Constancia del Castillo. El (año) de 1634 acabó su carrera en este convento de México el P. Fr. Diego de la Madre de Dios, criollo y profeso de la misma casa, donde fue también prela­do vigilantísimo dando a la oración y lección el tiempo que de las ocupaciones podía excusar. En el coro fue constante, nunca se le oyó murmurar de los ausentes, escribe el P. Diego del Espíritu santo en sus Recuerdos Históricos, f. 297 v.

[19] El 7° Virrey de la Nueva España gobernó de 1585 a 1590. Tuvo problemas con la secularización de algunas misiones de la Audiencia de Guadalajara.

[20] Nacido en Bonilla (provincia y obispado de Cuenca) en 1553. Tomó hábito en Pastrana a los 21 años (n. 49). Perteneció al segundo grupo de misioneros enviados al Congo, donde fue hecho prisionero por los ingleses al llegar a cabo Verde. Murió en 1630 en México a los 77 años y 55 de religión.

[21] La fundación se hizo el 30 de diciembre de 1593.

[22] Dionisio Victoria, op., cit., LIII.

[23] Cf. Silverio de santa Teresa, Historia del Carmen Descalzo en España, Portugal e Iberoamérica, t. IV, p. 687-93. Cit. Dionisio Victoria, op.cit., 206 y ss.

[24] Cf. Obras del P. Maestro Fr. Jerónimo Gracián, Madrid, 1616, p. 361, cit. por Dionisio Victoria, op.cit., p. 207.

[25] Biblioteca  Mística  Carmelitana, Monte Carmelo, Burgos,  t. 17, Celo de la Propagación de la fe, p. 3.

[26] 35 P. Alonso de la Cruz, Ms. Tlacopac, 2, n. 15.

[27] Vide nota 10. Era el más joven de los llegados en 1585; terminó sus estudios en México; dejó escritos espirituales, algunos de los cuales han sido publicados:

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