La Biblia de Gutenberg: sus implicaciones socio teológicas

Cristian Gómez

Resumen: Antes del ars scribendi artificialiter ningún libro era igual a otro. Imprimir por primera vez la Biblia implicaba escoger una versión preponderante, un canon específico, un orden para los libros, características de comentarios y tipografía, todas las cuales harían prevalecer un formato de los manuscritos sobre otros. La cultura que había sido moldeada por la Biblia, sería ahora más influida por el texto sagrado con la mayor circulación de textos, el acortamiento en su producción y el abaratamiento en su distribución; trataremos la importancia del latín en que se publicó el Libro de los libros, y en el obstáculo a la libre circulación de las ideas.

I. ¿Cómo afecta al texto que la imprenta contribuya a fijar una versión o recensión particular?

Gutenberg descubrió y perfeccionó el arte de imprimir en el alfabeto occidental. Por primera vez en Europa, fue posible multiplicar palabras escritas en una infinita cantidad y en copias idénticas.

La Biblia de Gutenberg es un libro de 40.5 por 29.5 cm. Se compone de dos volúmenes, el primero de 324 hojas y el segundo con 319. Es un libro más grande que las biblias de los frailes del siglo trece, pero moderada en comparación con aquellas gigantes de los siglos XI y XII en Italia. El texto es el de la Vulgata Latina en el orden que se estandarizó durante el siglo XIII en París. Sin embargo, comparando los manuscritos de las biblias del Rhin del siglo XV no se han encontrado una copia que muestre afiliaciones textuales. La principal divergencia es que incluye los cuatro libros de Esdras en vez de los tres normales en el texto de París. El IV de Esdras (llamado II Esdras en latín) es un texto sometido a debate y no existe en ninguna Biblia Griega. Se ubica en el volumen I, folios 247r-260r.

La mayor parte de la impresión de la Biblia de Gutenberg esta en columnas de 42 líneas. El tipo de letra gótica recuerda la escritura formal de letra negra de los Misales y otros libros litúrgicos que resulta de notable elegancia. El análisis científico de la tinta muestra altos niveles de plomo y cobre poco usuales, lo que podría explicar el acabado de profundidad y negro brilloso de la impresión.

La Biblia en comento incluye los prólogos medievales normales, a excepción de aquellos para cada uno de los Profetas Menores; está dividida en capítulos según se acostumbraba desde el siglo XIV. No incluye al final la “Interpretación de los Nombre Hebreos”. Esta omisión no era inusual para el siglo XV, pero influyó para que desapareciera de todas las copias de la Biblia Latina después de Gutenberg.

Es evidente que hasta el siglo XV la Biblia sólo existió en manuscritos, excepción hecha de la Biblia Pauperum que se elaboró en xilografía, la que era más bien un compendio ilustrado de temas bíblicos y morales, de corta extensión. De aquellos manuscritos se han conservado 4271 del Antiguo Testamento y para el Nuevo Testamento 118 papiros, 242 pergaminos unciales —de letras mayúsculas—, 2535 códices en letras minúsculas, y para ambos 1839 leccionarios o porciones copiadas que se leían en los cultos de la iglesia primitiva, miles de testimonios en los textos de escritores antiguos, además de numerosas versiones antiguas que nos permiten ir reconstruyendo el texto original, es decir, alrededor de 32 mil manuscritos.

Por ello la Biblia es patrimonio universal, pues ese gran número de manuscritos se encuentra resguardado en los museos y bibliotecas más importantes del mundo: en Londres, Roma, Nueva York, París, Moscú, Hamburgo, Jerusalem, el Vaticano y un largo etcétera. Además, es patrimonio de la humanidad porque la Biblia es fundamento de varias religiones: del judaísmo, de las muchas ramas del cristianismo, entre ellas las iglesias antiguas orientales, las ortodoxas, la católica, la anglicana, las denominaciones protestantes, incluso fue base para el Islam y para muchos grupos que no se identifican con la cristiandad, es decir que casi la mitad de la población mundial la estima como un texto sagrado. Afortunadamente, ninguna de estas religiones tiene el monopolio de los manuscritos bíblicos, su repositorio está en países con mayoría de católicos, o de ortodoxos, de protestantes, de musulmanes, de judíos o de ateos, disponible para la investigación de todos.

Pero, y este es uno de los principios más importantes a considerar: antes de la invención de la imprenta no había ningún libro exactamente igual a otro. En el copiado hay variantes involuntarias y voluntarias que hacen ligeramente diferentes todos esos manuscritos. El texto latino principalmente se fue corrompiendo. Aunque esa corrupción del texto era más sutil en tanto que la difusión y circulación de un texto era más lenta y, además, cuanto que era difícil tener los recursos para acceder a la posibilidad de comparar un número significativo de manuscritos.

Recordemos que el texto bíblico fue escrito en tres idiomas: hebreo, arameo y griego. Posteriormente se fue traduciendo a las lenguas a las que llegaba oralmente su mensaje, de tal forma que hasta nuestros días se ha traducido a más de 2400 idiomas.

Una de esa traducciones, y de las más importantes, fue hecha por Eusebio Sofronio Jerónimo, ca. del año 400, llamada la Vulgata Latina. En su tiempo, fue necesaria esta versión como una alternativa seria y fiel, basada en manuscritos de los idiomas originales, y su realización permitiría que el contenido fuese conocido por gran parte de la población de un imperio que tenía como lingua franca el latín.

Con el decurso de los siglos el latín dio origen a las lenguas romances y la evangelización llegó también a lugares de lenguas no derivadas del idioma del Latium y, lentamente, la Biblia fue quedando plasmada en un idioma que los pueblos ya no hablaban. Aunque es el texto más copiado de la Edad Media, era asequible sólo a personas cultas que dominaran el antiguo lenguaje romano y que tuviesen tanto la licencia para abordar el texto sagrado cuanto los recursos para poseer una copia, pues eso implicaba el pago de amanuenses y de su trabajo profesional por un periodo promedio de cinco años, el material, normalmente pergamino, exigía una cantidad de piel equivalente al sacrificio de todo un rebaño. Verbi gratia, para la Biblia de Gutenberg, suponiendo que dos pares de hojas pudieran obtenerse de una sola zalea, cada copia impresa en pergamino habría requerido casi 160 pieles de animales. Una entrega de 25 copias habría requerido cerca de 4,000 pieles.

A fines del Medioevo se tradujeron raramente porciones del texto a los idiomas comunes, como el francés o el alemán, pero generalmente tales versiones no llamaban la atención de los lectores. La mayoría de la gente, si se le había enseñado a leer, prefería leer la Biblia en latín.

Dichas traducciones se basaban en el único texto que circulaba entonces, la Vulgata. La Biblia de Wycliffe por ejemplo, se basó servilmente en el latín. Prueba de ello es que Nicholas Hereford, traductor, partió hacia Roma para demostrar al papa Urbano VI que la traducción primitiva era extremadamente literal y exacta, precisamente de la Vulgata. El texto ofrecía poco más que los equivalentes en inglés del texto latino en casi el mismo orden de las palabras, de manera que tendría que conocerse muy bien el texto latino para entender el significado.

Usar la Biblia en idioma vernáculo era ilegal; pero concentrarse en el significado del texto latino era un acto de piedad. La verdadera Biblia, en la mente del devoto, aún era un texto latino. Aún un monje que meditara en las palabras de la Biblia, podría dejar que sus pensamientos, por ejemplo, en inglés, se introdujeran en su mente sin cometer herejía. Pero para un laico del siglo XV, una versión en inglés parecería no más que un espejo del original para incrementar la comprensión del sagrado texto latino.

El valor atribuido al texto bíblico latino era tal que podemos comprender la indignación que provocaban los lollardos que trataban las biblias en inglés no como libros acerca de la Biblia sino de hecho como si fueses biblias. Les otorgaban la veneración que sólo se había reservado a la Biblia real, entiéndase por ello el texto en latín. Eso parecía una blasfemia. Era herética e impía pretensión. Los seguidores de Wiclyffe introdujeron una realidad paralela en la que el mundo estaba de cabeza, y a los libros en inglés se les llamaba biblias. Esto era inaceptable y castigable con la muerte.

La creación de la Biblia de París del siglo trece había establecido la imagen de este texto en la mente de la mayoría como una entidad física de características muy peculiares. Sancionada por los dominicos, campeones del papa en la guerra contra la herejía, su forma precisa, formato y estructura textual persistieron desde finales de la Edad Media hasta el período de impresión y son los que predominan hoy. El único libro que se comprendía como Biblia fue promovido por los frailes, sus componentes estaban en un orden específico, estaba escrita en dos columnas en una tipografía reconociblemente bíblica, tenía subtítulos para las secciones e incluía la Interpretación de los nombres hebreos. “Era una entidad única. Era simultáneamente un concepto religioso eterno y un libro físicamente invariable… Como objeto era identificable por cualquiera en Europa, ya sea que la hubieran leído o no. El formato específico, representaba la Biblia”.1

La Biblia de Gutenberg fue hecha para parecerse a un manuscrito medieval, pero es más preciso decir simplemente que fue hecha para parecer un libro. Probablemente la diferencia más visible con los manuscritos de la Edad Media es que éstos usaban más de un color, por ejemplo títulos en rojo e iniciales en azul o páginas doradas. Gutenberg intentó que su Biblia tuviera títulos en rojo, por lo menos. Un gran número de páginas que debieron imprimirse al principio tiene encabezados impresos en tinta roja; pero como eso representaba gran dificultad técnica o pérdida de tiempo, los tipógrafos dejaron espacios para los encabezados a fin de llenarlos a mano. Gutenberg imprimió para la Biblia un suplemento de 8 páginas con una lista de esos encabezados para que los rotuladores pudieran copiarlos en los espacios. Los tamaños variaban de acuerdo a la importancia del inicio del texto.

No tiene espacios entre los libros de la Biblia y los tamaños de las iniciales más grandes no eran lo suficientemente grandes para las imágenes. Es un libro austero porque no fue planeada como una Biblia lujosa; aunque a los compradores se les ofreció una concesión opcional para obtener una Biblia lujosa. Así que algunas copias fueron impresas sobre pergamino y otras sobre papel. Esta fue la primera vez en la historia de la producción de libros que un libro idéntico estuviera disponible en dos versiones, y Gutenberg no podía anticipar con exactitud cuál sería la más vendida. Las copias en pergamino deben haber sido mucho más caras. También eran voluminosas y considerablemente pesadas. Una copia de papel, con su encuadernado, pesa cerca de 13.5 kilos; el mismo libro en pergamino pesa cerca de 22.5 kilos. Se imprimieron 180 copias: 140 de papel y 40 de pergamino.

La Biblia de Gutenberg rápidamente se convirtió en el principal ejemplar entre casi todas las Biblias posteriormente impresas, e impuso las características físicas y el repertorio textual que la inmortalizaron por generaciones.

A pesar de que hemos dicho que la imprenta nos permite reproducir gran número de ejemplares iguales, hay que matizar esta afirmación; pues aún con todos los cuidados posibles, varias copias carecían de alguna hoja. Cuando hasta por tres veces tuvieron que ponerse más hojas de repuesto en el tipo e imprimirse, se produjeron tres diferentes variantes textuales ligeras. Hay, por supuesto, muchas pequeñas diferencias entre las copias que quedan de la Biblia de Gutenberg. No se pudo evitar el error humano. En ese sentido esos ejemplares parecen manuscritos escrupulosamente copiados con todas las pequeñas peculiaridades de la individualidad común a cualquier trabajo de artesanía.

Pero hay otro aspecto de la Biblia de Gutenberg que hace que las copias parezcan impresionantemente diferentes una de otra. Es la decoración hecha a mano. Cuando salieron del taller de imprenta en Maguncia aún requerían títulos y letras capitulares. Cada comprador encargó la decoración de cada Biblia; los dibujos y la iluminación nos permiten rastrear cuando o donde se decoró cada copia, dónde se distribuyó y quienes fueron sus clientes originales.

Si la impresión de la Vulgata con Gutenberg difundía una forma del texto en particular, vinieron posteriormente también las impresiones del texto bíblico en hebreo, en griego, las políglotas, y finalmente, las ediciones científicas; con la impresión de estas últimas se construye la crítica textual cuyo objetivo es la reconstrucción del texto original de la Biblia. Con frecuencia se argumenta que, después de tantos siglos, y de la posibilidad que hayan participado muchas manos, ya no se conoce cuál haya sido el contenido original; supra vimos que es el documento del cual existe un número mayor de manuscritos antiguos que ningún otro en la historia. Ni de los escritos filosóficos griegos ni de la religión egipcia ni de los aztecas ni de ninguna otra cultura hay tantos documentos antiguos que prueben la historia y la fidelidad del texto.

Ningún texto autógrafo, o sea ningún papiro o pergamino escrito con puño y letra de los autores ha llegado hasta nosotros; pero gracias a la labor de los copistas; que eran los editores de aquel tiempo, el texto se ha conservado con alteraciones mínimas como transposición de letras o de palabras, unión de dos palabras o convertir en dos a una sola, cambiar una letra en una palabra por otra letra parecida, lo que daría una palabra diferente; en otros casos la redacción podía tener ligeras variantes y a veces incluso cambiando a propósito redacciones que pudiesen sonar irrespetuosas al nombre de Dios o demasiado fuertes.

Pocas veces también el copista anotaba una explicación al margen en un texto difícil, que luego un copista posterior incluía como parte del texto. Pero el mensaje esencial de la Biblia se ha transmitido íntegro, sin que las variantes —menos del 10% del texto— hayan afectado la sustancia.

Las traducciones impresas más modernas han echado mano de los instrumentos de crítica textual para fijar el texto que será editado y para superar las variantes ortográficas o de alguna porción oscura o difícil de traducir. Por tanto concluimos que la primera Biblia impresa hizo predominar una traducción, con todos sus defectos y aciertos, y con sus características secundarias; pero que la misma imprenta no brinda hoy la posibilidad de difundir el texto cercano a los originales en los idiomas en que se escribió y basar la mayoría de traducciones contemporáneas en ediciones críticas.

II. ¿Por qué imprimir la Biblia?

La Biblia fue el primer libro sustancial que imprimió Gutenberg, Pero ¿por qué fue ese el primer gran libro que salió de la prensa? Pensemos que debido a su extensión – 1400 folios- el costo, el tiempo y el esfuerzo se multiplicaban considerablemente, lo que nos hace buscar una razón de peso. Verbi gratia: en la época en que finalmente se imprimió la última página, en total habrían cerca de 100,000 páginas de la Biblia apiladas en el taller de Gutenberg. Cotejarlas todas y ordenarlas por juegos debió ser una tarea inmensa.

Antes Gutenberg había experimentado con cierto número de textos pequeños. Pero la Biblia fue el primer libro importante impreso en Europa, el más famoso en el mundo y uno de más valiosos.

Es imposible inferir cuándo concibió la idea de fabricar en serie la Biblia por medio de un proceso mecánico. Se supone que inventó la imprenta y luego buscó un texto mayor para publicar empleando esta nueva técnica, así que optó por la Biblia. Tal vez no podamos conocer su móvil más íntimo para haber escogido esta obra, quizá una preocupación espiritual; quizá la posibilidad de que sería un libro que se vendería mucho, o la inercia religiosa de la época, ya que la cultura estaba impregnada de sacramentalismo, y lo que hoy es Alemania formaba parte del Sacro Imperio Romano, es decir de una entidad política y sagrada, simultáneamente. O ¿es que su probable origen judío le motivó? “Dos interpretaciones más se relacionan con un aspecto judío. Según Haemmerle, uno de los antecesores de Gutenberg fue un judío sefardí que huyó de España alrededor de 1300 y se convirtió al cristianismo en Maguncia. Hace referencia a la extraña forma del sombrero, semejante a uno judío, y que el sobrenombre Rafit del tatarabuelo proviene del árabe, significando caballo de guerra«.2

A mediados del siglo XV las biblias de atril volvieron a estar de moda, especialmente en el norte de Europa. Por 300 años los volúmenes bíblicos gigantes del siglo doce fueron hechos a un lado por los manuscritos de la Biblia de bolsillo inventados en París en el siglo XIII. Pero los monasterios empezaron a mirar con nostalgia su pasado romanesco. Algunos grupos enfatizaban el papel central de la Biblia en la vida religiosa. En este contexto se sugiere que Gutenberg pudo haber conocido a Nicholas de Cusa (1401-64), filósofo y legado papal en Alemania, defensor apasionado de las reformas monásticas que ponderaban la Biblia. Si es así, Nicholas de Cusa podría haber sugerido las bondades de la producción en serie de las biblias que tuvieran la característica de textos idénticos.

Además, desde la perspectiva mercadotécnica, la prensa ofrecía una oportunidad para las ventas en masa de artículos religiosos con un vasto mercado, como los espejos de los peregrinos y las indulgencias. La prensa en Maguncia era ideal para hacer copias idénticas. Gutenberg imprimió al menos cuatro ediciones de indulgencias a fin de recabar fondos para la guerra contra los turcos y para la defensa de la cristiandad en Chipre.

El sentimiento popular estaba cargado de expectación por el fin del mundo. Desde la larga duración del Gran Cisma papal, debida a la obstinación con que los papas contendientes se aferraban a sus cargos, se percibía un trasfondo escatológico porque Joaquín de Fiore había planteado que la gran tribulación del fin de la Sexta Edad incluía el concepto de un doble Anticristo: papa falso y tirano maligno.3

En ese contexto poco después, en 1492, Marsilio Ficino proclamó en una célebre carta la llegada de la Edad de Oro, que se manifestaba en el desarrollo de las artes, el florecimiento de las letras humanas y, precisamente, la invención de la imprenta.

Así que una posibilidad de por qué escogió Gutenberg imprimir la Biblia pudo ser la promesa de amplias ventas en una época en que la plasmación de la Sagrada Escritura era consideraba por muchos desde una perspectiva supersticiosa. Por ejemplo un Nuevo Testamento wyclifita abre con una oración porque, según se afirma, el papa garantizó 80,000 años de indulgencia a quien leyera.

Una prueba de esta facilidad con que se vendería la Biblia impresa es que la noticia de su preparación se extendió por Europa con extraordinaria velocidad. Y entre otros factores para esta gran demanda está el hecho de que en 1450 llegaron rumores apocalípticos del oriente del Mediterráneo sobre el implacable avance de los turcos sobre la cristiandad. “A través de la historia, las naciones con frecuencia han recurrido al consuelo de sus biblias durante épocas en las que su seguridad religiosa ha estado a prueba. La antigua capital cristiana oriental de Constantinopla, cayó bajo Mehmet II el 29 de mayo de 1453”4.

En el siglo XV, en 1454 Domenico Mauroceno compiló un libro de fragmentos proféticos que atribuía un papel especial a la flota veneciana que acudiría en apoyo de las fuerzas “del bien” cuando se entablara la batalla cósmica entre los papas y emperadores cismáticos y los auténticos. Cuando Savonarola dio el aviso solemne de catástrofe inminente, varios miembros de la Academia Platónica se volvieron sus penitentes, entre ellos estaba Pico della Mirandola.

Es notable que la primer exhibición aparente de la milagrosa Biblia de Gutenberg sucedió en una reunión de nobles y príncipes de la Iglesia quienes se reunieron porque estaban alarmados de que la cristiandad de Europa estuviese bajo amenaza.

Enea Silvio de Piccolomini (1405-64 más tarde papa Pío II, 1458-64) asistió a otra conferencia anti Turquía, y escribió en marzo de 1455 al cardenal español Juan de Carvajal sobre haber visto hojas muestra de la Biblia de Gutenberg. Fue en Frankfurt, según comentó, donde “el hombre milagroso” le mostró ejemplos de la Biblia. La escritura era hermosa y correcta por lo que Enea Silvio notó que el Cardenal Carvajal podía leer sin esfuerzo y sin lentes.

Algunos involucrados en el proceso de impresión pudieron haberse dado cuenta de que una renovada ansiedad en Alemania sobre el avance de las fuerza del anticristo aumentaría la venta de la muy ortodoxa Biblia Latina.5 Quizá no era tan vendible como los misales, pero éstos representaban todavía dificultades de impresión que no se resolverían pronto.6

Se necesito papel en grandes cantidades. Pero estuvieron llegando pedidos mientras la Biblia se estaba imprimiendo, pues la impresión de copias de papel se incrementó cerca del 30 por ciento del plan original pero las copias de pergamino se incrementaron 65 por ciento. Tal vez la participación de Gutenberg en el congreso en Frankfurt en octubre de 1454 le dejó ver que había más clientes de lo que pensó.

Esta es una clave de cómo percibía Gutenberg el mercado para su libro. Evidentemente para octubre de 1454 aún no estaba lista la Biblia completa, pero no es extraño que las biblias se ordenasen antes de estar terminadas, porque la mayoría de los manuscritos se encargaban antes de que se hicieran. Era la forma normal de comprar libros. Al emperador le llevaron algunos folios. Enea Silvio le dijo que trataría de conseguir una copia para él; pero temía que no fuera posible por la distancia y porque a los compradores se les dijo que acapararan todas las copias antes de que los libros fuesen terminados.

III. Consecuencias de la impresión

A partir de la imprenta la Biblia se leería más bien que se escucharía. Los libros antiguos estaban hechos para leerse en voz alta.

San Agustín se sorprendío de que Ambrosio, obispo de Milán, leyera en silencio: «Cuando él leía [Ambrosio], recorrían las páginas los ojos y el corazón profundizaba el sentido, pero la voz y la lengua descansaban. Muchas veces, estando nosotros presentes – -porque a nadie se le prohibía la entrada, ni había costumbre de anunciarle al visitante–, le vimos leer así en silencio y jamás de otra manera”7.

Recuerdo las palabras con que comienza una novela del siglo XII, Tristán: “Caballeros, ¿queréis oír un cuento de amor y de muerte?”

Recordemos las palabras de Isaías: “Cómo creerán si no han oído”, retomadas por San Pablo cuando dice: “La fe viene por el oír”, porque la actividad preponderante en sinagogas e iglesias era la lectura de las Escrituras, para dar cumplimiento al mandato de meditar diariamente. Y ¿cómo hacerlo si hemos visto que tener un manuscrito en casa era casi imposible por su costo y tiempo de producción? Poner atención en la escucha y memorizar era un arte más desarrollado antes de la cultura visual.

Una de las características del texto de Gutenberg sugiere que fue deliberadamente diseñada para la lectura en voz alta en las comunidades. El tipo no es tan largo sino más pequeño que la escritura de muchos manuscritos bíblicos de ese periodo. Sin embargo, es notoriamente práctica para la lectura en público. A vista normal, la Biblia de Gutenberg es perfectamente legible desde un metro de distancia. Siempre se escriben números en palabras pero nunca en su equivalente a dígitos romanos, como en las biblias de los frailes. Se manifiesta por tanto una política y el hecho de que Gutenberg tenía en mente un mercado institucional.

Paradójicamente un texto hecho para seguirse leyendo en voz alta fue el inicio de la transformación cultural para leer en silencio y en forma individual.

La práctica de la impresión se difundió por toda Europa gracias a la diáspora de los impresores alemanes. Hacia 1500, las imprentas se habían establecido en más de doscientos cincuenta lugares de Europa (ochenta en Italia, cincuenta y dos en Alemania y cuarenta y tres en Francia). Los impresores llegaron a Basilea, Roma, París, Venecia, a Lovaina, Cracovia y Praga. Ese mismo siglo estas imprentas produjeron alrededor de 27.000 ediciones, lo que significa -suponiendo una tirada media de quinientos ejemplares por edición- que en una Europa de cien millones de habitantes circulaban en esos días alrededor de trece millones de libros. De esos, aproximadamente dos millones se produjeron sólo en Venecia; otro importante centro editor era París, que en 1500 contaba con ciento ochenta y un talleres.

Marshall McLuhan especuló que el cambio que llevó de la percepción auditiva a la visual era una «escisión que produjo la imprenta entre la cabeza y el corazón». Walter Ong, más cauto, creía en las consecuencias psicológicas que la imprenta tendría a largo plazo. Llamo la atención sobre el surgimiento de diagramas y la organización visual o espacial de los libros académicos del siglo XVI, con sus cuadros sinópticos de contenido, “que para el ojo lo dicen todo y para el oído nada”, porque es imposible leerlos en voz alta.

IV. La cultura Occidental tiene su origen en la Biblia

Nuestra cultura es hija del pensamiento hebreo, legado a través de la Biblia, y de los saberes de Grecia: de ellas derivan nuestra filosofía, teoría jurídica, política, leyes, bases epistemológicas, la mayor parte del cúmulo del arte, y por supuesto los conceptos centrales en religión.

A la caída del imperio Romano y la simultánea expansión del cristianismo, éste comenzó a ocupar los puestos del vacío político y cultural que había quedado. A la par de los grandes errores y pecados de las instituciones religiosas que se alejaron de la Biblia, la influencia de las Escrituras en el pensamiento se dejó sentir en la civilización de los pueblos bárbaros. El concepto de persona, de igualdad de todos los hombres, la emancipación de los esclavos, el reconocimiento de las mujeres, la importancia de la libertad, los ideales de justicia, un mundo que aspirara a construirse bajo el mandato del amor, todas ellas, ideas fundamentales del mundo moderno, incluidos los conceptos de derechos humanos, hunden sus raíces en la ética de los profetas de Israel y su mensaje de equidad social y de rectitud que debe nacer en la hondura del individuo.

Incluso la escatología de la alta cultura cristiana fijó la agenda de las filosofías seculares de la historia y al mismo tiempo ofreció un detallado marco al milenarismo religioso popular. La visión agustiniana del Juicio Final forjó el sentido ético de la Eda Media y de la Modernidad. Existen también paralelos sorprendentemente estrechos entre las teorías posmodernas de la poshistoria y el milenarismo fundamentalista, de tal manera que podría decirse que el apocalipsismo secular popular es una inversión de la alta escatología religiosa, una retórica en que los condenados parecen estar celebrando su propia condenación.

Pero no puede pasar inadvertido el hecho de que la cultura fue detenida y la libertad restringida por los obstáculos a la libre circulación de las ideas y la prohibición a la lectura de la Biblia.

Que la Biblia hubiese sido el primer libro impreso, no significa que en ese entonces se promoviera su lectura ni su traducción, ni que se permitiera leerla a los legos. El contexto inmediato, anterior y posterior de la edición de la Biblia de Gutenberg está signado por un contraste: mientras hay monjes y teólogos para quienes la Biblia es el texto central de sentido para su vocación y reyes que promueven su traducción y conocimiento como Alfonso X El Sabio y el texto bíblico que formará parte de la Grande e General Estoria; se vive ya en Europa la prohibición de que los legos lean la Biblia –en el caso poco común de que sepan leer- y de que se traduzca a lenguas vernáculas.

En Inglaterra, por ejemplo, las traducciones wyclifitas son las biblias más sobresalientes de finales de la Edad Media al inglés. El texto se preparó a finales del siglo catorce por un grupo de académicos de Oxford, asociados con el controvertido teólogo John Wycliffe (c.1330-84). Por breve período las traducciones fueron toleradas por la Iglesia, pero como eran símbolo de una tendencia de modernidad heterodoxa profundamente inquietante, se les asoció a temores de desavenencias religiosas, libre pensamiento y rebelión social, pues, entre otras cosas, los lollardos, en 1395 se opusieron vehementemente al uso de imágenes en los manuscritos.

Cerca del 1400 fueron fuertemente cuestionadas por heréticas. En 1409 fueron proscritas por el arzobispo de Canterbury; se prohibió además la traducción de cualquier texto bíblico al inglés y la lectura de cualquiera de los manuscritos de la época de Wycliffe, u otro que pudiera prepararse, completo o en partes, en público o en privado, a menos que la traducción hubiese sido aprobada por la diócesis local. Cualquiera que infringiera esta cláusula sería excomulgado bajo el cargo de herejía. Durante los siguientes 125 años fue ilegal hacer o tener una Biblia en inglés, y cualquiera que fuese sorprendido en posesión de una copia podría ser enjuiciado y quemado por hereje. Mucha gente fue ejecutada con gran crueldad.8

Otro ejemplo es de los valdenses o pobres de Lyon, que virtieron en el siglo XII los Evangelios y otras partes de la Biblia al occitano, perseguidos en Francia, España e Italia, donde enseñaban la Escritura en lenguas del pueblo; finalmente muchos de ellos fueron masacrados en la Cruzada que en 1448 ordenó contra ellos el papa Inocencio VIII, y dirigida por los dominicos que intentaban extinguir lo que consideraron herejía.

El mismo obstáculo a la cultura lo encontramos con Jaime I de Aragón, en 1233, reunió el Concilio de Tarragona, responsable de las palabras en el siguiente edicto: “Se decreta igualmente que nadie tenga en posesión ningún libro ni del Antiguo ni del Nuevo testamento en romance. Y su alguno los poseyera, deberá entregarlos al obispo de su diócesis en el plazo de ocho días a partir de la publicación de este edicto para que sean quemados. Aquél que así no lo hiciera, sea clérigo o seglar, será acusado de herejía hasta que se purgue”9.

Ya más cerca de la fecha de nuestro estudio, en los años precedentes a la expulsión de los judíos de España, muchos manuscritos que contenían la Biblia en lengua castellana fueron quemados. En 1492 los Reyes Católicos publicaron una pragmática en la que se prohibía traducir la Biblia al romance o poseerla, bajo gravísima pena.

La intensa oposición nos permite colegir que había gran número de ejemplares de traducciones que en España se hicieron a fines de la Eda Media, por ejemplo sólo en el Convento de San Francisco en Salamanca se quemaron 20 biblias romanceadas.

Alfonso de Castro, en su Tratado de las Herejías, escrito en 1534, muestra el espíritu de intolerancia hacia la Biblia en aquella época cuando dice: “Hay que alabar con toda justicia el edicto de los esclarecidos y católicos reyes de España… por el que prohibieron bajo severísimas penas que nadie tradujera los libros sagrados a la lengua vulgar o que nadie retuviera lo traducido por otro con cualquier autorización”.

Los inquisidores de Ávila ordenan también que “todo escrito hebraico de la Biblia sea confiscado y quemado”, y excomunión y confiscación de bienes para los poseedores. Tales decretos serán confirmados en esencia por Felipe II y por la Iglesia Católica, que en el índice de libros prohibidos por Paulo IV y en el Índice español del inquisidor Valdés (ambos publicados en 1559), prohíbe explícitamente la lectura de la Biblia en el idioma vulgar o en otro cualquiera. Ese veto sería ratificado en el Concilio de Trento unos años más tarde.

La Reforma se afianzó en su postulado de que cada persona pudiese tener una Biblia en su idioma y leerla directamente, así como entenderla con la recta razón, gracias a la imprenta. Y con ella se afianzó también la cultura de toda la Europa del Norte y sus consecuencias políticas, sociales y culturales.

La oposición a la libertad de imprenta se manifiesta meridianamente en las decisiones del V Concilio de Letrán en 1515 que impide la impresión de libros sin la autorización del obispo; en la promulgación de las 30 ediciones del Index Librorum Prohibitorum, suprimido apenas en 1966. Que contribuyó con las medidas de hecho a sumir varios pueblos en la incultura. Lugar preponderante en el Index ocupó la proscripción de la Biblia en lengua vulgar. Entre otros libros, se prohibió su entrada a México durante más de 300 años.

Paradójicamente hoy, el malentendido de lo que debe ser la cultura laica, niega a la Biblia su estatus cultural. ¿Pero cómo no tendría relación con la cultura el libro más leído, amado, traducido y perseguido del mundo?, vertido a más de 2,300 idiomas, entre ellos a más de 100 lenguas mexicanas.

“No hay otra manera de adquirir la teología -decía Don Miguel Hidalgo y Costilla en un tiempo en que estaba negado el acceso de las personas al Libro de los libros- que a partir de las Sagradas Escrituras. Cuando era conducido al patíbulo rezaba el Miserere, que es el Salmo 51. Porque la Biblia, junto con la ciencia, son demoledoras de los Idola, como decía Bacon, y destructoras de las supersticiones.

En estos últimos años en que se han dado grandes avances de investigación en los campos de la fenomenología, filosofía, antropología, sociología e historia de la religión, en que las grandes universidades de Europa cuentan con Facultades de Ciencias Bíblicas que investigan manuscritos, crítica literaria, hermenéutica y reconstrucción de textos, ninguna universidad mexicana pública debería quedar atrás ni mucho menos -en su calidad de abierta a todo el conocimiento- discriminar este ámbito del conocimiento no circunscrito a una religión particular, ámbito de reflexiones en Cervantes, Unamuno, Hegel, Heidegger, Kierkegaard, Tillich, Kolakowsky y muchos otros pensadores.

La ciencia no se dio en ámbitos geográficos donde las religiones fuesen contemplativas; la ciencia surgió en el contexto de una cultura signada por raíces bíblicas, donde se reconocía un mundo creado por Dios con un orden, sujeto a regularidades que había que descubrir; un mundo que era la obra del Amado y que en ese carácter había que admirar tanto en su belleza, cuanto en su funcionamiento. Todo ello sobre la base de la razón no era contraria a la fe, sino dos aspectos del logos y de la participación existencial en el amor. Por supuesto orígenes que hoy se han olvidado y pretende negarse.

Poco se reconoce el tema bíblico en las escuelas que imparten filosofía en México, sin embargo la mayoría de los filósofos, a partir del siglo II y hasta el XXI, reflexionan en torno a la Biblia, sea en acuerdo con ella o para combatirla, pero siempre desde las categorías discursivas tanto hebreas y cristianas, cuanto griegas.

Como dije, comenzando en Justino, Agustín, y pasando por Maimónides, Tomás de Aquino, Alberto Magno, Guillermo de Ockham, Descartes, Hobbes, Spinoza, Kant, Leibnitz, Paul Ricoeur, Panenmberg y una interminable lista para la que nos falta el espacio, todos conocieron, hablaron y se preocuparon por el mensaje de la Biblia.

Hoy es necesario ponderar la importancia de las Escrituras frente a una propuesta que quiere desvirtuar la cultura, haciendo de todo acto humano tabula rasa, un relativismo que considera todo fuera igual. Vale la pena replantear que cultura viene de cultivar, que es mejorar una planta, y por analogía es sólo aquello que mejora y encamina al hombre a su realización plena, a alcanzar la virtud en el sentido renacentista, a ser justo, como diría Platón, a ser exactamente aquello que debe ser, o a alcanzar, como dijera Kierkegaard, una vida auténtica y libre, a hacer suya la esencia de hombre en la fe.

1 Hamel, Christopher de, The Book. A History of the Bible, Ed. Phaidon, Londres, 2001, p.182 5

2 Rangel Alanís, Luz María. Del arte de imprimir o la Biblia de 42 líneas: aportaciones de un estudio crítico. Tesis de doctorado, Universidad de Barcelona. 2011. p. 26

3 La teoría del apocalipsis y los fines del mundo, Comp. Bull Malcolm, Fondo de Cultura Económica, México 1998. p. 119

4 Idem, p. 121
5 Hamel, op. cit., p. 199

6 Rangel, op. cit., pp. 80,81
7 San Agustín, Confesiones, México, Porrúa, 1982 (traducción de Francisco Montes de Oca) (Libro VI, Cap. 3)

8 Hamel, op. cit., p.170.
9 Biblia Romanceada, Biblioteca Nacional de Madrid, Edición de Francisco Javier Pueyo, Madison, 1996, p. IX

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